Por todas esas veces que he querido correr, huir de los problemas. Por todos esos errores, tropiezos, que me hicieron daño, que me enseñaron lo que es el dolor. Por todas esas veces que me he sentado en el suelo y he llorado hasta que no quedaban más lágrimas en mi cuerpo. Por esas personas que me hicieron la vida imposible. Por esas veces que, rodeada de gente, me he sentido completamente sola, vacía, perdida...Así empezaría el primer capítulo del libro de mi vida. Y sí, tengo casi 20 años y podría llenar capítulos y capítulos de errores y tropiezos, de llantos y de tachones, porque ¿Qué es la vida si no un libro por escribir? Nosotros mismos tenemos la pluma con la escribiremos nuestro paso por este mundo, y somos libres de tachar, borrar, cambiar o eliminar por completo cualquier capítulo que consideremos pasado, enterrarlo en lo más profundo de nuestro subconsciente y estar seguros de que jamás reaparecerá. Podemos arrancar las páginas que no nos gusten y romperlas en pedacitos, hasta que sea imposible volverlos a juntar, podemos lanzarlos al viento y que él mismo decida donde irán a parar. Del mismo modo podemos añadir más páginas, podemos escribir en páginas de acontecimientos ya pasados e intentar solucionarlos en el presente, aunque no siempre sea posible. Que jamás digan que no lo intentamos, que no escribimos hasta que la pluma se quedase sin tinta, que jamás nos acostamos tarde por escribir. Quizás no consigamos cambiar nada en sí, pero lo que si podemos cambiar son nuestros sentimientos hacia ese algo y dejar de recordarlo con dolor, si no como algo que disfrutamos y una parte importante de nuestra vida.
En resumen, nosotros somos los dueños de nuestro libro de páginas en blanco. Somos, de la misma manera, dueños de la pluma de tinta infinita que escribirá sobre esas páginas vacías. Jamás dejaré que nadie me robe la pluma y escriba por mí, porque este es mi libro y estos capítulos de mi vida los escribo yo. Y esto voy a hacer a partir de ahora, cada vez que mi día no sea de mi agrado, lo voy a escribir en una hoja que voy a arrugar, voy a romper y voy a lanzar al aire y voy a ver como se van volando todo lo que me ha hecho sufrir, todo lo que me ha hecho llorar. Para olvidar, primero hay que recordarlo todo.
miércoles, 6 de junio de 2012
domingo, 22 de abril de 2012
Lluvia.
La lluvia cuando cae arrastra con ella todo lo que encuentra a su
paso. Es por eso que nos gusta tanto ver llover, porque nos despeja la mente,
dejamos de pensar mientras contemplamos caer finas gotitas, como si fuesen
lágrimas, que van a parar al suelo, juntándose con las demás y formando
pequeñas corrientes de agua.
La lluvia puede parecer triste, sí, pero para mi nunca lo ha sido,
pues de pequeña solía mirarla caer sentada en un sillón en casa de mi abuela,
mientras ella hacía punto con la televisión de fondo. Recuerdo cuando me contaba, antes de perder
la vista, cómo le gustaba mirar por la ventana mientras llovía y cómo parecía
que se parase el tiempo para ella.
Aunque aquel día era soleado, decidí abrir la ventana para dejar
entrar una brisa veraniega.
— ¿Cariño, hueles eso? — Susurró mi abuela,
desde su sillón, con la mirada perdida.
—Lo siento abuela, no huelo
nada.
—Huele a lluvia — Contestó sonriendo.
Miré al cielo soleado y no
pude evitar dejar correr una lágrima por mi mejilla. Efectivamente, esa tarde
llovió, y mi abuela supo que aquella lluvia sería la última. .
martes, 21 de febrero de 2012
Kids
Todavía no se cómo llegué hasta aquella concurrida avenida. La gente de mi lado ni si quiera reparaba en mí, y a decir verdad, en aquel momento casi lo agradecí. Giré sobre mi misma un tanto confusa, mientras señores con chaqueta y maletín, señoras con tacones y bolsos, y niños gritando sin parar prácticamente me ignoraban. Curiosa sensación la mía en aquel momento, era como si de alguna manera eso ya hubiese pasado, cómo si hubiese vuelto a cometer esos errores que me condenaron un día, mucho tiempo atrás. Otra vez la calle y la soledad eran mis mejores amigas.
Para mi, el hecho de ser invisible era un don, podía desaparecer cuando me diese la gana sin que nadie me echase en falta durante unas horas, y precisamente eso era lo que necesitaba, huir, huir del frenético ritmo de la cuidad que nos arrastra a todos, que nos obliga a controlar en tiempo como si viviésemos en una cuenta atrás constante.
Últimamente todo lo que había intentado había acabado hecho añicos en el suelo, sin opción a ser reparado.
Acompañada de mis pensamientos que se mezclaban unos con otros en lo más profundo de mi cabeza, intentaba coordinar mis pasos sin prestar atención si quiera hacia dónde me dirigía, hasta que una niña se chocó conmigo sin querer y de golpe toda aquella masa de pensamientos desaparecieron para centrarse en los grandes ojos marrones de esa inocente niña. "Lo siento" murmuró entre risas. No sabría decir si estaba avergonzada o si se reía despreocupadamente, como cualquier niño. Fijó su mirada en mis ojos esperando una respuesta que no pude articular. La niña, cansada de esperar corrió hasta donde se encontraban sus amigas y al segundo ya estaba de vuelta, con un caramelo en sus manos y un "Para ti, no estés triste, porque no merece la pena llorar por alguien que te ha hecho daño. Sea por lo que sea, no merece ni tus lágrimas" en sus labios.
Acompañada de mis pensamientos que se mezclaban unos con otros en lo más profundo de mi cabeza, intentaba coordinar mis pasos sin prestar atención si quiera hacia dónde me dirigía, hasta que una niña se chocó conmigo sin querer y de golpe toda aquella masa de pensamientos desaparecieron para centrarse en los grandes ojos marrones de esa inocente niña. "Lo siento" murmuró entre risas. No sabría decir si estaba avergonzada o si se reía despreocupadamente, como cualquier niño. Fijó su mirada en mis ojos esperando una respuesta que no pude articular. La niña, cansada de esperar corrió hasta donde se encontraban sus amigas y al segundo ya estaba de vuelta, con un caramelo en sus manos y un "Para ti, no estés triste, porque no merece la pena llorar por alguien que te ha hecho daño. Sea por lo que sea, no merece ni tus lágrimas" en sus labios.
Jamás supe que o cómo contestar a aquella niña que me había dado una lección de madurez con apenas 8 años.
miércoles, 25 de enero de 2012
Wario Land 3.
Cuando tenía 7 años me compré un juego, un juego del que nunca había oído hablar, comprensible debido a mi corta edad. Nada más llegar a mi casa enchufé la Game Boy Color azul y amarilla de Pokémon, con un Pikachu en un lado…¡Me encantaba! y atontada por mi nuevo juego me pasaba horas y horas frente a la pequeñísima pantalla en la que, si querías ver algo, tenías que colocarte bajo una lámpara…
Poco a poco fui pasándome el juego, hasta que llegué a un mundo en el que me era imposible resolver nada, y me di por vencido.
Puntualmente cogía el juego y me lo intentaba pasar sin éxito ninguno. Hasta que por fin HOY lo he conseguido, he llegado al último mundo, y he matado al malo final…
Hace un mes o dos, no recuerdo bien, me acordé de aquel juego y cai en la cuenta de que era una “burla” del Super Mario, por eso se llamaba Wario…
También me di cuenta de todos los avances que tenemos hoy en día, de la gran cantidad de variedad en cuanto a juegos se refiere. Hay de todos los colores, de todas las edades y para todos…Y aún así, los niños de hoy en día no son felices…
Y agradezco haber nacido en la época en la que nací y me crié, una época en la que se apreciaba lo que se tenía, porque no había más. Una época en la que tu juego y tu consola eran tu tesoro más preciado, no como hoy, que es simplemente un utensilio para que tu niño se calle un rato. Una época en la que si tenías los 150 pokémon, eras el puto amo
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