domingo, 14 de octubre de 2012

Vamos, salta.

Allí estoy yo, 4 tiernos años, de pie en la mesa del salón. Mi padre me espera con los brazos abiertos y un "Vamos, salta, yo te cojo" Todavía dudo si saltar o no. Tengo miedo, pero mi papá está ahí, no dejará que me pase nada. Adelanto un pie y decidida doy un salto. Mi preocupación se convierte en carcajada y poco después en miedo, mientras veo que mi padre se aparta y, de repente, me siento sola, cayendo al vacío. Por suerte caigo en el sofá y lloro. Lentamente papá se da la vuelta y flojito me dice: ¿Ves? Para que no te fíes ni de tu propio padre.

Y así aprendí yo la dura lección de la vida.

miércoles, 6 de junio de 2012

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Por todas esas veces que he querido correr, huir de los problemas. Por todos esos errores, tropiezos, que me hicieron daño, que me enseñaron lo que es el dolor. Por todas esas veces que me he sentado en el suelo y he llorado hasta que no quedaban más lágrimas en mi cuerpo. Por esas personas que me hicieron la vida imposible. Por esas veces que, rodeada de gente, me he sentido completamente sola, vacía, perdida...Así empezaría el primer capítulo del libro de mi vida. Y sí, tengo casi 20 años y podría llenar capítulos y capítulos de errores y tropiezos, de llantos y de tachones, porque ¿Qué es la vida si no  un libro por escribir? Nosotros mismos tenemos la pluma con la escribiremos nuestro paso por este mundo, y somos libres de tachar, borrar, cambiar o eliminar por completo cualquier capítulo que consideremos pasado, enterrarlo en lo más profundo de nuestro subconsciente y estar seguros de que jamás reaparecerá. Podemos arrancar las páginas que no nos gusten y romperlas en pedacitos, hasta que sea imposible volverlos a juntar, podemos lanzarlos al viento y que él mismo decida donde irán a parar. Del mismo modo podemos añadir más páginas, podemos escribir en páginas de acontecimientos ya pasados e intentar solucionarlos en el presente, aunque no siempre sea posible. Que jamás digan que no lo intentamos, que no escribimos hasta que la pluma se quedase sin tinta, que jamás nos acostamos tarde por escribir. Quizás no consigamos cambiar nada en sí, pero lo que si podemos cambiar son nuestros sentimientos hacia ese algo y dejar de recordarlo con dolor, si no como algo que disfrutamos y una parte importante de nuestra vida.
En resumen, nosotros somos los dueños de nuestro libro de páginas en blanco. Somos, de la misma manera, dueños de la pluma de tinta infinita que escribirá sobre esas páginas vacías. Jamás dejaré que nadie me robe la pluma y escriba por mí, porque este es mi libro y estos capítulos de mi vida los escribo yo. Y esto voy a hacer a partir de ahora, cada vez que mi día no sea de mi agrado, lo voy a escribir en una hoja que voy a arrugar, voy a romper y voy a lanzar al aire y voy a ver como se van volando todo lo que me ha hecho sufrir, todo lo que me ha hecho llorar. Para olvidar, primero hay que recordarlo todo.

domingo, 22 de abril de 2012

Lluvia.

La lluvia cuando cae arrastra con ella todo lo que encuentra a su paso. Es por eso que nos gusta tanto ver llover, porque nos despeja la mente, dejamos de pensar mientras contemplamos caer finas gotitas, como si fuesen lágrimas, que van a parar al suelo, juntándose con las demás y formando pequeñas corrientes de agua.
La lluvia puede parecer triste, sí, pero para mi nunca lo ha sido, pues de pequeña solía mirarla caer sentada en un sillón en casa de mi abuela, mientras ella hacía punto con la televisión de fondo.  Recuerdo cuando me contaba, antes de perder la vista, cómo le gustaba mirar por la ventana mientras llovía y cómo parecía que se parase el tiempo para ella.
Aunque aquel día era soleado, decidí abrir la ventana para dejar entrar una brisa veraniega.
— ¿Cariño, hueles eso? Susurró mi abuela, desde su sillón, con la mirada perdida.
—Lo siento abuela, no huelo nada.
—Huele a lluvia Contestó sonriendo.
Miré al cielo soleado y no pude evitar dejar correr una lágrima por mi mejilla. Efectivamente, esa tarde llovió, y mi abuela supo que aquella lluvia sería la última. .

martes, 21 de febrero de 2012

Kids

Todavía no se cómo llegué hasta aquella concurrida avenida. La gente de mi lado ni si quiera reparaba en mí, y a decir verdad, en aquel momento casi lo agradecí. Giré sobre mi misma un tanto confusa, mientras señores con chaqueta y maletín, señoras con tacones y bolsos, y niños gritando sin parar prácticamente me ignoraban. Curiosa sensación la mía en aquel momento, era como si de alguna manera eso ya hubiese pasado, cómo si hubiese vuelto a cometer esos errores que me condenaron un día, mucho tiempo atrás. Otra vez la calle y la soledad eran mis mejores amigas. 
Para mi, el hecho de ser invisible era un don, podía desaparecer cuando me diese la gana sin que nadie me echase en falta durante unas horas, y precisamente eso era lo que necesitaba, huir, huir del frenético ritmo de la cuidad que nos arrastra a todos, que nos obliga a controlar en tiempo como si viviésemos en una cuenta atrás constante. 
Últimamente todo lo que había intentado había acabado hecho añicos en el suelo, sin opción a ser reparado. 
Acompañada de mis pensamientos que se mezclaban unos con otros en lo más profundo de mi cabeza, intentaba coordinar mis pasos sin prestar atención si quiera hacia dónde me dirigía, hasta que una niña se chocó conmigo sin querer y de golpe toda aquella masa de pensamientos desaparecieron para centrarse en los grandes ojos marrones de esa inocente niña. "Lo siento" murmuró entre risas. No sabría decir si estaba avergonzada o si se reía despreocupadamente, como cualquier niño. Fijó su mirada en mis ojos esperando una respuesta que no pude articular. La niña, cansada de esperar corrió hasta donde se encontraban sus amigas y al segundo ya estaba de vuelta, con un caramelo en sus manos y un "Para ti, no estés triste, porque no merece la pena llorar por alguien que te ha hecho daño. Sea por lo que sea, no merece ni tus lágrimas" en sus labios.
Jamás supe que o cómo contestar a aquella niña que me había dado una lección de madurez con apenas 8 años.